Siglos de coquetería 16-10-2014

by herbalife on 16/10/2014

in Estetica y Cuidado Personal,Salud

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Siglos de coquetería

La cosmética y el cuidado personal llevan muchos años de historia. El ser humano desde siempre ha querido mejorar su aspecto, según los cánones estéticos vigentes en ese momento

Somos coquetos por naturaleza. Así lo cuenta la historia. Un relato de siglos, en el que emerge el deseo y la necesidad del hombre de cuidarse y fortalecer su autoestima. “Desde siempre, el ser humano ha tenido especial interés por mejorar su imagen, utilizando procedimientos más o menos intervencionistas sobre su cara y su cuerpo, a fin de conseguir un aspecto lo más parecido a lo que se consideraba, en ese momento, como bello”, dice Víctor García, presidente de la Sociedad Española de Medicina y Cirugía Cosmética (SEMCC).

Los antiguos egipcios empezaron a generalizar el uso del maquillaje. Así, por ejemplo, fueron los primeros en pintarse los labios, mediante compuestos con óxido de hierro y ocre rojo. Entre los restos arqueológicos de las tumbas se han encontrado numerosos jarrones con ungüentos. Las mujeres egipcias, por lo general, utilizaban cremas que mantenían la dermis fina y tersa y la protegían de la sequedad propia del clima de la zona. También frotaban su piel con arena del desierto: de alguna manera practicaban la dermoabrasión. Cleopatra, por ejemplo, se bañaba en leche de burra con miel para cuidar su piel.

Uno de los primeros cosméticos de la historia fue el aceite de oliva. Las civilizaciones mediterráneas usaban el oro líquido como base para ungüentos, para hidratar la piel, abrillantar cabellos y realizar masajes terapéuticos. En cuanto a maquillaje se refiere, la estrella de la época, por así decirlo, era el kohl, una máscara a base antimonio y hollín, que las egipcias aplicaban en los ojos. Según los cánones estéticos de la época, los ojos debían ir pintados de color negro y verde. También se marcaban con el azul las venas de la frente y de las manos. Para disimular las arrugas, se empleaban cremas con pulpa de albaricoque, polvo de harina y productos a base de conchas de caracoles.

Isabelle Bardiès-Fronty, investigadora francesa y conservadora del Museo de Cluny, sostiene que en el antiguo Egipto el cuidado de uno mismo era una práctica común y que no era para nada elitista. De hecho, se han encontrado productos de distinta calidad en las tumbas. La cosmética era un hábito extendido a todas las clases. Además, servía para protegerse del sol y de las infecciones. Según Christian Amatore, químico de la Escuela Normal Superior de la Universidad Pierre y Marie Curie de París, está comprobado que “el maquillaje negro de los egipcios servía para resistir a la contaminación bacteriana”.

En Grecia, el culto al cuerpo se dispara al punto que Aristófanes, en Lisístrata, ironiza sobre la coquetería de las mujeres y su ascendente sobre los hombres. “Si nos quedáramos quietecitas en casa, bien maquilladas, pasáramos a su lado desnudas con sólo las camisitas transparentes y con el triángulo depilado (…) y nosotras no les hiciéramos caso, nuestros maridos harían la paz a toda prisa, bien lo sé”, dice uno de sus personajes. En el país helénico aparece la figura de los kosmetés –la palabra significa que pone en orden, que adorna–, profesionales dedicados al cuidado y la belleza corporal. Los romanos heredan también esta tradición. En la antigua Roma, hombres y mujeres se maquillaban, peinaban y depilaban por igual. Para el cuidado de la piel, las mujeres romanas se aplicaban lo que quedaba en el fondo de las cubas de vino. Así, hacían el equivalente del peeling químico, con restos de ácido tartárico. En Roma existían los cosmetriae, esclavos a cargo de todos los servicios del tocador y las ornatrices, sirvientas especializadas en belleza y peluquería. El poeta romano Ovidio sostiene que saber maquillarse “es un arte”. En esa época se consideraba hermoso que las cejas se juntasen sobre la nariz. Lo ideal era pintarlas de un solo trazo. Para conseguirlo, se usaba un compuesto de hormiga machacados con cadáveres de moscas.

En el mundo antiguo, también se cuidaban los dientes. En el siglo II, el médico griego Galeno aconsejaba limpiar las caries con una lima. Como dentífrico, se hacían enjuagues periódicos con sangre de tortuga, además de usar compuestos de harina, sal, jugo de calabaza y vinagre caliente. También se usaba piedra pómez y –ojo– orina, por las propiedades desinfectantes del amoniaco.

La depilación –sí, también en esa época se luchaba contra el vello– era dolorosa: se aplicaba una mezcla de ceniza caliente y cáscara de nuez, además de tiras de tela impregnadas de resina. La técnica más difundida, sobre todo en África, India y países islámicos, era la del hilo: se atrapaba el vello que se quería eliminar con un hilo fino, se hacía una forma de triángulo y se cerraba sobre el pelo, para arrancarlo de raíz. Hoy la ofrecen en algunos centros de estética como novedad…

En cuanto al uso del jabón, los egipcios concibieron un producto a base de grasa de animal, aceite vegetal, y lo mezclaban con carbonato de sodio. Los griegos, que fabricaban una forma primitiva de jabón al hervir grasa animal con cenizas, no lo usaban para limpieza personal –ya que preferían refregarse la piel con arcilla, arena o piedra pómez–, pero sí lo usaban para lavar la ropa.

En la edad media se produjo un punto de inflexión. El maquillaje entró en una fase de declive. Por lo general durante siglos han coexistido dos modas muy diferentes: conseguir la tez más blanca posible o, por el contrario, conseguir una piel oscura, según el cuanto más morenos mejor. Pues bien, a partir de 1400, blanquear la cara fue una práctica recurrente. Se utilizaba a tal fin una mezcla de carbonato, hidróxido y óxido de plomo. Aunque los efectos secundarios había que tenerlos en cuenta: a veces se producían parálisis musculares. También se empleaban otras técnicas más caseras, como las sanguijuelas o la presión de vasos de vidrio sobre la piel para disminuir, con el efecto del vacío, el riego sanguíneo.

La blancura de la piel se convirtió en una obsesión durante siglos, ya que simbolizaba el bienestar económico y la salud. En cambio, la higiene personal dejaba bastante que desear. La edad media fue un retroceso en cuanto a coquetería. Aún así, en esta época tuvo lugar un invento destacable: las gafas, que se realizaron en Italia en el 1250. Las lentes se conseguían puliendo vidrios para darles curvatura. Hasta ese momento, se habían usado globos de vidrio llenos de agua para ver más grandes las letras.

Con el Renacimiento, volvió el auge del maquillaje, aunque el llevar la piel completamente blanca, gracias al polvo de arroz, seguía siendo la tendencia de fondo. La novedad es que la blancura ya no tenía que ser extrema: se utilizaba el khol para los ojos y se aplicaba un colorete suave en las mejillas. Comenzó la moda de teñir el pelo de rubio que venía de Italia. Con todo, no había que pasarse: los productos de cosmética, perfumes y maquillajes se usaban para esconder malos olores y suciedad. Cargar el maquillaje demasiado era algo que se hacía sólo si había que esconder enfermedades.

En el barroco, en cambio, la exageración se abrió camino. Francia se convirtió en el centro de la moda y un referente en el maquillaje. En la época de Luis XIV, se utilizaba el polen y el azafrán para colorear la cara y se empleaba el color azul para marcar las venas. También se llevaban pelucas, lunares –hombres y mujeres por igual– que se pintaban de negro o se hacían de terciopelo, para ocultar las marcas de la viruela. En esa época y en la siguiente triunfan las formas más bien redondas (es el ideario femenino de Rubens) y, en las mujeres, el corsé bien apretado para resaltar las curvas. El cuidado dental también progresa: el cirujano francés Nicolas Chemant concibió en 1770 la primera dentadura postiza con dientes de porcelana. Paralelamente, en Japón, las gheisas hicieron del maquillaje un arma de seducción. Se pintaban los labios con lápices hechos de pétalos de cártamo aplastados. Como base de maquillaje, usaban cera binsuke, una versión más suave de la cera que utilizaban los luchadores de sumo para depilarse.

Otra vuelta de tuerca en cuanto a hábitos y costumbres se produce a principios del siglo XIX. Tras la Revolución Francesa, el maquillaje se dejó de usar de manera ostentosa (ya que se asociaba demasiado a la nobleza, la clase social que los burgueses pretendían derrocar). La reina Victoria de Inglaterra, que impuso una moral rígida en la sociedad británica, declaró el maquillaje como algo “descortés”. En la época victoriana los hombres dejaron de maquillarse y las mujeres solamente pasaron a utilizar un leve toque de colorete, que era lo propio para las señoras respetables. De hecho, salvo estas excepciones, el colorete casi desapareció en el siglo XIX. Revelador, en este sentido, es el origen de la palabra maquillar, que empezó a utilizarse en España en esa época: procede de una jerga teatral francesa para referirse a la caracterización de los actores (por cierto, en inglés, se dice make up: algo que evoca a la construcción, a la fabricación).

Ya en tiempos recientes, con la entrada del siglo XX, tuvieron lugar unos cambios de hábitos sociales que parecen, hoy por hoy, irreversibles. El cuidado personal se difundió poco a poco entre todas las capas de la población, gracias también a los frutos de la investigación científica y de la revolución industrial. En cuanto a las tendencias, después de mucho tiempo, la tez morena finalmente ganó a la palidez. Pero tal vez los mayores avances se obtuvieron en el campo de la higiene. A finales del siglo XIX surgió el primer desodorante como producto de consumo, gracias a una mezcla de sulfato de potasio y aluminio. Pero hubo que esperar hasta 1915, cuando apareció un célebre anuncio en la revista Harper’s Bazaar en EE.UU., que rezaba: “La moda para el verano y el baile moderno se combinan para hacer necesaria la eliminación del modesto vello”. Los tirantes y las faldas cortas se ponen de moda y empiezan a comercializarse polvos depilatorios. El desodorante, entonces, se populariza.

Por esos años, también salió al mercado el primer secador de pelo portátil. Por cierto, hablando de pelo, el primer champú de origen sintético no jabonoso (y sin detergente) fue introducido en 1930. La palabra champú se origina en India. Allí se denomina champoo a los tradicionales masajes en la cabeza con aceites y lociones capilares, costumbre que no tardó en ser adoptada por los colonizadores británicos y sus esposas, que incluyeron en las tareas de sus sirvientes masajearles el cuero cabelludo. Hasta entonces, los peluqueros ingleses hervían jabón en agua y añadían distintas hierbas aromáticas para dar brillo y fragancia al cabello.

Y llegamos así a nuestros días. El cuidado personal ya no es una mera costumbre: es una industria, un negocio. En la actualidad, en España unos 5.000 profesionales se dedican a la Medicina Cosmética, Estética y del Envejecimiento Fisiológico. El consumo de los españoles en productos de cosmética y belleza supera los 8.000 millones de euros anuales, según datos del sector. Cristina Biurrum, directora científica de L’Oréal España, comenta lo que se ha heredado del pasado: “Hoy por hoy, los polvos se van haciendo cada vez más finos, las bases más duraderas, los pintalabios más suaves, poniendo punto final a la diferencia que se establecía en la Grecia antigua entre el arte de la limpieza y el arte del maquillaje, y entre lo artístico y la belleza efímera. Durante muchos años –añade–, el maquillaje ha permitido dar uniformidad al cutis, tener mejor aspecto, pero los avances en otros campos han permitido avanzar en la búsqueda de otros papeles para la cosmética”.

En efecto, la química y la ciencia ahora han convertido la coquetería no sólo en la ciencia de la belleza, sino de la salud y del bienestar. Por ejemplo, investigaciones en la óptica ya se usan para reproducir la luz natural en el maquillaje. Asimismo, Biurrum señala cómo en el siglo XXI se siguen utilizando elementos presentes en la naturaleza, como ya hacían las civilizaciones antiguas. Así, “las sombras o barras de labios de L’Oréal contienen material fotónico, que es el que da la coloración a las alas de algunas mariposas”, dice esta experta. Ya ven: son sólo algunos ejemplos de esta historia, que aún tiene páginas por escribir… y maquillar.

Cirugía milenaria

Se tiende a pensar que la cirugía estética es un invento de la modernidad. Sin embargo, según los historiadores de la medicina, nació hace 2.500 años. Como recuerda Victor García, presidente de la Sociedad Española de Medicina y Cirugía Cosmética, “se tiene noticia de que ya en el año 600 antes de Cristo un cirujano indio fue capaz de reconstruir la nariz usando colgajos de las mejillas”. Lo que hoy llamaríamos rinoplastia era una técnica frecuente en India y lo fue durante siglos. Según el libro inglés Consulta del gobierno de Madrás del año 1679, en ocasión de guerras no se mataba a los enemigos, sino que se les cortaba la nariz y los labios superiores. O sea que a los cirujanos no les faltaba trabajo. Ya en el siglo XVI un barbero italiano, Gaspare Tagliacozzi, perfeccionó la técnica al reconstruir una nariz usando la piel del antebrazo. En esa época, la sífilis hacía estragos y uno de los síntomas consistía precisamente en el hundimiento de la nariz. Era muy importante volver a proporcionar un aspecto estético… ¡para despejar dudas sobre la moralidad del paciente! Los mayores avances aparecieron con motivo de las guerras de finales del siglo XIX en EE.UU. (guerra de Secesión) y las de principios del siglo XX en Europa, cuando, ante la ola de heridos de los combates, hubo que reconstruir partes mutiladas de su cuerpo.

En la actualidad, la incorporación de nuevas tecnologías y materiales ha transformado completamente los tratamientos. La aplicación del láser y otras fuentes de luz ha supuesto un antes y un después. Lo mismo puede decirse de la utilización de otras terapias como la radiofrecuencia, los ultrasonidos, etcétera. “Los nuevos materiales de relleno y la variedad de aplicaciones hacen que aumenten su seguridad y disminuyan los efectos secundarios”, señala Víctor García. En su opinión, ahora los progresos deben ­venir de la mano de la medicina regenerativa, esa especialidad que aplica los principios de la ingeniería y las ciencias de la vida en la fabricación de sustitutos biológicos para mantener, restaurar o mejorar la función de órganos y tejidos en el cuerpo humano. “La ingeniería de tejidos incluye conceptos de campos tan diversos como la biología celular, la microfabricación, la robótica y la ciencia de los materiales para diseñar partes de reemplazo del cuerpo. Y ahí están los cultivos de fibroblastos y de otras líneas celulares de la piel, las células madre, los injertos de tejido graso vivo, con aportación de células madre adultas, los factores de crecimiento, etcétera. El futuro es pro­metedor”, concluye este experto.
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