Cuento: “LA ÚLTIMA RISA DE MAMÁ” – Por Robin Lee Shope [2-11-15]

by herbalife on 02/11/2015

in Cuentos y leyendas,Entretencion

 

LA ÚLTIMA RISA DE MAMÁ
Por Robin Lee Shope, tomado de Christian Reader

Agobiada por mi pérdida, ni siquiera me daba cuenta de lo duro que era el banco en el que estaba sentada. Estaba en el funeral de mi mejor amiga… mi madre. Finalmente, ella había perdido su larga batalla con el cáncer. El dolor era tan grande que a veces me costaba respirar.

Mamá siempre me había apoyado. Era la que más aplaudía cuando yo actuaba en una obra en la escuela. La que me alcanzó un pañuelo cuando le conté mi primer desilusión amorosa. La que me alentó durante toda mi carrera en la universidad. La que me consoló cuando perdimos a papá. La que oró por mí toda su vida.

Poco después de enterarnos del diagnóstico de su enfermedad, mi hermana tuvo un bebé. Mi hermano acababa de casarse con su novia de toda la vida.

Así que me tocó a mí, la hija del medio, de 27 años, “sin compromisos”, hacerme cargo de ella. Yo lo consideré un honor.

“Y ahora qué, Señor?”, pregunté, sentada allí en la iglesia.

Veía mi vida futura delante de mí, como un abismo vacío. Mi hermano estaba sentado, mirando estoicamente a la cruz, aferrado a la mano de su esposa.

Mi hermana se apoyaba en el hombro de su esposo, sosteniendo a su bebé en los brazos. Todos sufrían tanto, que nadie se dio cuenta de que yo estaba sentada sola.

Mi lugar había estado con mi madre; preparándole la comida, ayudándola a caminar, llevándola al médico, dándole los remedios, leyéndole la Biblia. Ahora ella estaba con el Señor. Mi trabajo había terminado. Yo me había quedado sola.

La puerta de la iglesia se abrió y se cerró bruscamente. Escuché unos pasos rápidos, ahogados por la alfombra. Un joven, evidentemente muy perturbado, miró rápidamente a su alrededor y luego se sentó junto a mí. Cruzó las manos y las colocó sobre su regazo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Hacía esfuerzos por no llorar.

“Llego tarde”, me dijo, aunque no era necesaria ninguna explicación.

Después de las palabras del pastor, se inclinó hacia mí y me comentó: “No entiendo por qué la llaman “Margaret”, si se llamaba “Mary”.

“Porque su nombre era Margaret”, le dije. “No Mary. Nadie la llamaba Mary.”

Interiormente me pregunté porqué este tipo se habría sentado a mi lado. Estaba molestándome en mi momento de dolor, con sus lágrimas y sus movimientos nerviosos. Después de todo, ¿quién sería este extraño?

“No, no es cierto”, insistió, mientras varias personas nos miraban, molestas por nuestros susurros.

“Se llama Mary. Mary Peters.”

“No, ésta no es Mary Peters.”

“¿Esta no es la iglesia luterana?”

“No. La iglesia luterana queda enfrente.”

“Oh.”

“Creo… que se equivocó de funeral, señor.”

La solemnidad de la ocasión, mezclada con la torpeza de la confusión del muchacho, se mezclaron en mi interior y me hicieron sentir deseos de reír. Me cubrí la cara con las manos, esperando que la gente pensara que estaba sollozando. Pero el movimiento de mi cuerpo y el ruido del banco me delataron.

Algunas personas me miraron escandalizadas… y eso me causó aun más gracia. Miré la cara atónita, desconcertada, del joven sentado a mi lado.

El también se reía, mirando a su alrededor, pensando que ya era demasiado tarde para salir sin que nadie lo notara. Me imaginé que mamá estaría riéndose desde el cielo.

Después del último “Amén”, salimos casi corriendo por la puerta más cercana.

“Creo que ahora todos van a hablar de nosotros”, sonrió él. Me dijo que se llamaba Rick y que, dado que se había perdido el funeral de su tía, lo mejor que podía hacer era invitarme a tomar un café.

Ese hombre había asistido al funeral equivocado… pero al mismo tiempo, estaba en el lugar justo. Esa tarde comenzamos una relación que duraría toda nuestra vida. Un año después, nos casamos en la pequeña iglesia donde él era pastor asistente. Esta vez los dos llegamos a la misma iglesia, y a tiempo. En mi momento de dolor, Dios me dio risa. En lugar de soledad, me dio amor. En junio pasado celebramos nuestro vigésimo segundo aniversario de bodas.

Cuando alguien nos pregunta cómo nos conocimos, Rick les dice: “Su madre y mi tía nos presentaron, y realmente fue algo que nos cayó del cielo.”

 

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